19 de septiembre - el crimen de la cama

Querido diario:
La paternidad no es fácil. Hoy nos tocó retar a mi hija de cinco años que no quería que le secáramos el pelo después de bañarla.
El tema partió en un round entre su madre y ella. Yo miraba como tercer espectador la situación, de hecho, me había puesto a ver un capítulo de Modern Family (que no pude ver más en todo el día).
En un minuto la situación escaló, y mi señora me dio una mirada ventrílocua, de esas que hablan sin hablar, la cual me gritaba mudamente que me hiciera cargo de mis labores paternales y que me metiera en el conflicto del pelo. Yo, en una postura zen, le pedí a mi hija, lleno de psicología positiva, que se pusiera a mi lado para que la peinara. Ella obedecía y a los 2,5 segundos corría a donde su madre a gritarle algo. Esto pasó unas 8 veces. A la cuarta vez, mi madre ve esta escena en nuestra pieza (contexto: estamos en la casa de la playa de mi madre, quien como reina y dueña del territorio entra a todos lados con respeto pero también con el derecho propio de la dueña de casa), entra a la pieza y se sienta conmigo en mi cama. A la sexta vez, mi madre me mira también de forma ventrílocua, diciéndome sin decirme: "Hay que tomar cartas en el asunto, y haz esto a la vieja escuela, más mano dura y menos abracitos". Esa mirada hizo que el tono de mi voz cambiara de un "por favor haz caso" a un "obedece o atente a las consecuencias". A la novena vez no obedeció, la tomé del brazo y me incliné rápidamente hacia mi cama haciendo caer mis 130 kilos impetuosamente sobre la cama. Lo que hizo que el equipamiento de Morfeo sonara, rechinara y cediera ante mi cuerpo latino perfecto.
Acto seguido, el reto pasó a ser de todos vs Domi, a todos vs mí, un plot twist digno de una película de suspenso. Mi madre, al ver que la cama de su propiedad había sido malograda por una familia ajena, me miró con furia en sus ojos y me dijo: "Terminas esto y hoy mismo arreglamos la cama".
Después de un buen rato de ida y vuelta, logramos secarle el pelo, y yo procedí a desarmar el objeto averiado y abrir con cuidado las telas que envolvían el cuerpo de la cama, tal como si fuera un médico forense para realizarle con precisión y cuidado la autopsia a la cama. Después de mucho rato sacando tachuelas, di con la causa de muerte, o mejor dicho con el diagnóstico, ya que la litera famosa tenía solución: quebradura del tablón izquierdo frontal, fracturado por impacto. Solución: que alguien con habilidades de carpintería armara un suple y se lo pusiera. Después de negociaciones y conversaciones con mi madre, entendimos que yo no era la persona apta para la cirugía que necesitaba la cama, por lo que me acunclillé y comencé a cerrar nuevamente al occiso. Determinamos que en otra oportunidad un maestro amigo vendría a resucitar la cama y dejarla en óptimas condiciones.
Este episodio, más allá de lo anecdótico, fue una buena forma de volver a recordar algunas características de mi madre, la dedicación por el trabajo, el no darse por vencido, y el ser obstinado hasta lograr el objetivo.
Hoy me quedan más temas por hablar que solo los dejo enunciados para una próxima vez: entrenamiento de anfitrión y el sutil arte de que todo te importe una mierda.

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