18 de septiembre - Bolsos, bolsitos, bolsones

 Querido Diario:

Durante mi infancia, por más de 5 años viajé religiosamente todos los fines de semana a la playa con mis papás. Era el concho de la familia y no me quedaba otra que ir con ellos. En todos esos viajes, la gran interrogante que me planteaba era cómo mi mamá se las arreglaba para llevar el auto lleno de cosas y volver con el auto lleno de cosas, siempre con cientos de bolsas, bolsitos y bolsones, además de maceteros, colgadores y diarios, kilos y kilos de diarios.

Toda mi vida le reproché ese afán de llevar cosas y que claramente tenía un problema neurológico y psiquiátrico que se veía representado, no solo en el volumen de cosas que llevaba, sino en la cantidad de cosas que eran. Yo creo que todo esto se me quedó permanentemente grabado en mi cabeza, ya que yo era el pelele que cargaba las bolsas de un lado a otro.

Hoy viajamos por tres días fuera de Santiago y veo que el mal de mi madre me invade otra vez. Viajar con niños siempre es un problema logístico de grandes dimensiones debido a todo lo que hay que llevar, sobre todo si tienes una guagua de menos de un año: que el coche, que la cuna, que el colchón de la cuna, que los pañales, que el bolso uno, dos y tres. A eso se suma, baldes si vamos a la playa, scooter para que pasee ya que en Santiago es peligroso, se suman compras de supermercado, bebida y, por mi parte, sumé juegos de mesa y mi detector de metales con mi pala para playa.

En definitiva, una salida por tres días significaba llenar la maleta del auto con una precisión milimétrica, porque las cosas no pueden ir en cualquier orden: ¿qué pongo primero? ¿qué después? Hay cosas que debemos dejar a mano por si pasa algo, los huevos de codorniz del aperitivo 2 del día 3 no pueden ir abajo, deben ir arriba, si no, vamos a tener que hacer omelette de huevos de codorniz. Todo tiene su ciencia y, así, de la misma manera que yo con mis 11 años condenaba a mi madre por llevar "pelotudeces" por un fin de semana, de esa misma forma me veía a mí, no solo cargando las "pelotudeces", sino incorporando más cosas a esa lista de elementos inútiles y gastando parte no menor de mi tiempo libre de "vacaciones" para ver qué ponía primero y en qué parte llevaba la botella abierta de pisco para que no se me desparramara adentro del auto. 

A veces, la rutina nos come y el propósito de este ejercicio, querido diario, es darme cuenta de eso y ver cómo solucionarlo. Los 75 metros cúbicos de equipaje quedarán, pero el punto es ver cómo los bolsos, bolsitos y bolsones sean solo un ticket y no una preocupación.


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